domingo, 2 de marzo de 2014

El panteón indoeuropeo. Breve aproximación a las similitudes entre los dioses indoiranios, grecolatinos y germánicos (Parte III).

Templo de Zeus Olímpico (Olimpeion) en Atenas. Siglos VI a.C. a II de nuestra era.

Continuemos con el monográfico, esta vez nos centraremos en un panteón mejor conocido por todos como es el grecolatino o grecorromano, según se prefiera [1].


El panteón grecolatino


La teología de las tres funciones no es solo una creación de los indoiranios. Los indoeuropeos occidentales, en este caso los griegos, los romanos más antiguos y los umbros, mantienen una variante muy estructurada, parecida a la ya vista entre los indoeuropeos orientales. No obstante, centrémonos para este apartado en los principales dioses del panteón grecorromano, como es lógico y siguiendo la entrada anterior, intentando situar a cada dios en una (o en varias) de las tres funciones ya conocidas. Para comenzar, como no podía ser de otra manera, veamos las principales características del dios soberano por excelencia dentro de este contexto grecolatino: Zeus / Júpiter.

Tanto en Grecia como en Italia, el papel de dios soberano lo ejerce un dios de la primera función, algo que hemos visto también en la dicotomía indoirania con Mitra-Varuna. Zeus, poéticamente llamado con el vocativo Zeu pater (“Zeus padre”), es una continuación de *Di̯ēus, al que hemos visto en el apartado anterior como padre de Indra. Es el dios proto-indoeuropeo soberano del cielo, también llamado *Di̯eus ph2tēr (“Padre Cielo”). El dios es conocido en los textos védicos como Diaus Pitar (dyaúṣpitā́) y en latín como Júpiter (de Iuppiter, derivado del vocativo del proto-indoeuropeo, *dyeu-ph2tēr, derivado a su vez de la forma básica *dyeu- (“brillar”, “resplandecer”)).
Ambos, Zeus y Júpiter, son realmente dioses soberanos, el primero adornado con una lujuriante mitología y el segundo reducido según la manera romana a su majestuoso significado teológico y al patronazgo de importantes rituales. A diferencia de Zeus, Júpiter, dios celestial, es sobre todo el rex, un rey invisible que, sea cual sea el sistema de gobierno (reyes, cónsules, emperadores), asegura y garantiza la existencia de Roma.
Acabamos de decir que es un dios celestial, sin embargo es más soberano de un cielo próximo, más atmosférico que cósmico, como lo es Zeus, señor del rayo que, en la India y Escandinavia, pertenece al dios del segundo nivel, Indra y Thor).

Júpiter y Tetis, Ingres

Centrándonos exclusivamente en Júpiter, se observa que, junto a este dios y a veces confundido con él, Roma honra a un dios que lo duplica en algunas de sus funciones y que lleva en su nombre inserta la palabra fides, que significa lealtad y confianza, fundamentos del derecho, nos referimos al dios Dius Fidius. Dicha divinidad, como decimos, tendría un papel esencial en los pactos y alianzas, no obstante, tenemos escasa información sobre su teología a parte de lo ya mencionado aunque también era considerado como un dios del rayo. De todas formas, Júpiter era el lanzador de rayos por excelencia en el panteón latino, sin embargo, en ciertas regiones, cuando se especifica que el relámpago considerado es un relámpago de noche, exactamente de más allá de la media noche, es atribuido a una entidad mal conocida denominada Summanus, del cual sabemos muy poco, aunque algunos especialistas piensan que es sólo un aspecto de Júpiter.

Así pues, según nos dice Dumézil [2], Dius Fidius era una divinidad de los pactos y las alianzas, además del día y el rayo diurno (Dium fulgur), y Júpiter, aún siendo dios del cielo y el rayo, también tenía papel en el terreno del contrato, los pactos y el gobierno de los hombres. Parece ser que, en un principio Dius Fidius y Júpiter eran dos dioses soberanos, opuestos, tal y como ocurría en el panteón indoiranio con Mitra y Varuna. Mientras que Dius Fidius era la parte mitriana (la luz, el día, los pactos, el orden), Júpiter era la parte más relacionada con las funciones varunianas (la noche [3], la violencia de la naturaleza, el caos y la ira). Llegado el momento, Dius Fidius pasó a una divinidad menor dejando el papel principal de soberano a Júpiter, a la vez que éste asumía ciertas características de aquel, sobre todo su vinculación con los pactos y los contratos.

Siguiendo con el panteón grecolatino, ahora es el turno de analizar otro de los dioses más notables del mismo, si bien con más protagonismo en el mundo helénico que en el latino; nos referimos a Poseidón, denominado Neptuno en el ámbito itálico [4]. Era el dios del mar y los caballos pero también de los terremotos, tanto en el mar como en la tierra, reflejo de su carácter irascible y agresivo. Las tablillas en lineal B muestran que Poseidón fue venerado en Pilos y Tebas en la Grecia micénica de finales de la Edad del Bronce, pero fue integrado en el panteón olímpico posterior como hermano de Zeus y Hades.

Partiendo de la información que nos brindan las tablillas en lineal B halladas en los palacios micénicos se han formulado algunas hipótesis sobre el origen de este interesante dios. En lineal B lo identificamos como Po-se-da-o o Po-se-da-wo-ne, que, a su vez, corresponden a Poseidaōn y Poseidawonos en griego micénico; en los textos homéricos aparece como Ποσειδάων (Poseidaōn) [5]; en eólico como Ποτειδάων (Poteidaōn); y en dórico como Ποτειδάν (Poteidan) o Ποτειδάων (Poteidaōn). Un epíteto común de Poseidón es Γαιήοχος (Gaiēochos), “agitador de la Tierra”, epíteto que también se identifica en tablillas en lineal B .
No obstante, los orígenes del nombre “Poseidón” no están del todo claros. Una teoría lo divide en un elemento que significa “marido” o “señor” (πόσις posis, del protoindoeuropeo *pótis) y otro que significa “tierra” (δᾶ da, dórico para γῆ gē), obteniendo algo como “señor o esposo de la Tierra”, lo que lo relacionaría con Deméter, “madre de la Tierra”. Walter Burkert y John Chadwick consideran que el segundo elemento da es muy poco esclarecedor y encuentran la interpretación “consorte de la Tierra” pobre para ser demostrada. Otra teoría interpreta que este segundo elemento está relacionado con la palabra dawon, “agua” en algunos idiomas indoeuropeos; esto haría que Posei-dawōn fuera el “señor de las aguas”. Está también la posibilidad de que la palabra tenga un origen pre-griego.
Si se da crédito a las tablillas en lineal B que se conservan, el nombre po-se-da-wo-ne (Poseidón) aparece con mayor frecuencia que di-u-ja (Zeus). También aparece una variante femenina, po-se-de-ia, lo que indica la existencia de una diosa consorte olvidada, de hecho precursora de Anfítrite. Las tablillas de Pilos registran mercancías destinadas a sacrificios para “las Dos Reinas y Poseidón” y “las Dos Reinas y el Rey”. La identificación más obvia para las “Dos Reinas” es con Deméter y Perséfone o sus precursoras, diosas que no quedaron asociadas con Poseidón en periodos posteriores.


Escritura en Lineal B

En el Cnosos micénico Poseidón es también identificado como e-ne-si-da-o-ne (“agitador de la tierra”, tal y como comentábamos líneas más arriba), un poderoso atributo (los terremotos habían acompañado al colapso de la cultura palaciega minoica). En la cultura micénica, fuertemente dependiente del mar, no ha aflorado aún relación alguna entre Poseidón y el mar; entre los olímpicos se decidió tras echarlo a suertes que gobernaría el mar: el dios era anterior a su reino. Por tanto, parece que Poseidón en un principio tenía un papel de dios ctónico y de la fertilidad es decir, un dios de la tercera función, y que en algún momento histórico (si hacemos caso a la teoría que lo sitúa como “esposo de la Tierra”) vio su dominio ampliado convirtiéndose en un dios del mar. Dada la relación de Poseidón con los caballos así como con el mar, y la alejada situación respecto al mar del probable territorio original indoeuropeo, algunos investigadores han propuesto que Poseidón era originalmente un aristocrático dios-caballo que fue posteriormente asimilado con las deidades acuáticas de Oriente Próximo cuando la base del sustento griego cambió de la tierra al mar. En cualquier caso, la enorme importancia inicial de Poseidón puede aún entreverse en la Odisea de Homero, donde es él y no Zeus el principal causante de los sucesos.

En cuanto a su esposa, Deméter, ya mencionada, se corresponde con la diosa griega de la tierra productiva, de la agricultura y representante del ciclo eterno de la vida y la muerte. En griego antiguo se la conocía como Δημήτηρ o Δήμητρα, “diosa tierra” o, posiblemente, “madre distribuidora”, quizá del sustantivo indoeuropeo *dheghom *mater, algo evidentemente relacionado con su función. En la mitología romana se asociaba a Deméter con Ceres y es fácil confundir a Deméter con Gea y con Rea o Cibeles, pues todas estas diosas comparten una serie de atributos y vinculaciones con la tierra y la productividad muy similares. Parece ser que todas hunden sus raíces en la figura de la Diosa Madre, una divinidad casi universal a la que muy probablemente ya se le rendía culto antes incluso de la llegada de los indoeuropeos.

Finalmente me voy a detener en un importante dios dentro de este panteón, sobre todo del romano, me refiero a Ares/Marte. El origen de este dios es bastante oscuro y los especialistas no se ponen aún de acuerdo sobre qué hipótesis de las que se barajan para dicho origen es la que mejor explicaría la génesis de este belicoso dios.

En la mitología griega, Ares, conocido en griego antiguo como Ἄρης o Ἄρεως, “enfrentamiento bélico” o “conflicto armado”, era considerado como el dios olímpico de la guerra, aunque era más bien la personificación de la fuerza bruta y la violencia, así como del tumulto, la confusión y los horrores de las batallas, en contraposición a su hermanastra Atenea, que representaba la sabiduría y la meditación en los asuntos de la guerra y protegía a los hombres de sus estragos. Los romanos lo identificaron con Marte, dios romano de la guerra, pero éste gozaba entre ellos de mucha mayor estima, tal y como comentábamos. No obstante, la figura de Ares ya aparece en las tablillas micénicas, en concreto en la tablilla V 52 [6], donde leemos los nombres de algunos dioses. Nuestro dios de la guerra aparece como E-nu-wa-ri-jo, es decir, Enualios, un nombre que se empleaba con frecuencia en la literatura griega posterior para referirse a Ares, sin embargo, en algunos casos se da este nombre a una deidad independiente, de la que se dice que es hijo de Ares.

Marte y Venus, Museo del Louvre

Hay una interesante teoría sobre el posible origen de esta divinidad en el contexto indoeuropeo y que resulta interesante para entender su vinculación con el ámbito bélico en su forma caótica, tal y como veíamos. La dilatada expansión territorial de los indoeuropeos, por un lado hasta la India y por el otro hasta Irlanda e incluso Islandia, se verificó en buena parte en virtud de una institución que en Italia se mantuvo hasta época plenamente histórica y que los latinos denominaban ver sacrum (primavera sagrada). El nombre encubre una realidad bien cruenta. De cuando en cuando, bajo el imperativo de la superpoblación o de la carestía, los jóvenes de una misma generación se ponían en marcha en busca de tierras en que vivir, expulsando de ellas a sus moradores o sometiéndolos por la fuerza. El genio tutelar de estos cuerpos expedicionarios se llamaba Marut-Mawrt, de donde se deriva Mars (Marte), que si para alguna de sus epifanías asumía la forma de un joven guerrero, en otras lo hacía bajo la cobertura de un lobo o incluso de un picapinos, su ave predilecta.

El dominio especifico de Marte en casi todas partes, y desde luego en Roma, era la guerra como medio de defensa de la comunidad. Su acción estaba orientada, por tanto, hacia fuera, hacia donde el enemigo potencial tenía su sede. De ahí que originariamente su lugar de culto se hallase extramuros de la ciudad, en el Campo de Marte. Su acción defensiva era susceptible de aplicarse a otras amenazas, como las plagas del campo. A este propósito los romanos hacían desfilar en solemne procesión alrededor de sus campos a los tres animales (el cerdo, la oveja y el toro), que integraban el sacrificio específico de Marte, las llamadas en plural suovetaurilia [7].
Aunque en época histórica los romanos no realizasen sacrificios humanos, sabían que muchos pueblos bárbaros sacrificaban víctimas humanas al dios de la guerra, y que a continuación de éstas la ofrenda preferida por el dios era la de los caballos. En este punto ellos se mantenían fieles a lo que parece haber sido el ritual primitivo, cerrando la estación de Marte con el sacrificio de un caballo. Este acto ritual se celebraba en los idus de octubre, al tiempo que el ejército purificaba sus armas en el armilustrium, antes del descanso invernal. Polibio nos informa de que el caballo, el equus October, era inmolado a golpes de venablo en el campo de Marte. Prueba de la antigüedad de estos ritos es la correlación existente entre el equus October y el asvamedha védico, el sacrificio del caballo en honor de Indra. El sacrificante había de ser un rajan (un rey, la misma palabra que el latín rex y que el celta rig), y la victima, un caballo que hubiese dado pruebas de velocidad en una carrera, el caballo de la derecha de la cuadriga vencedora. El caballo quedaba en libertad durante un año, vigilado por súbditos del rey. Si éstos no conseguían guardarlo y defenderlo, y el caballo caía en manos extrañas, el rey no podía ser promocionado entre los de su rango. Si, por el contrario, el caballo superaba la prueba, era sacrificado según un ritual muy complejo.

Y hasta aquí la tercera y penúltima entrega de este monográfico. En las siguientes semanas publicaremos la entrega final, centrada en el panteón germánico-escandinavo, y la bibliografía empleada para todo el monográfico. ¡Hasta dentro de unos días!.


Carlos Alberca


__________________

[1] He incluido en esta entrada tanto a las divinidades griegas como a las romanas por la gran similitud de la que gozan entre ellas, salvando algunas distinciones no demasiado importantes.

[2] Dumézil, G. Los dioses soberanos de los indoeuropeos. Madrid, 1999, p. 164-165.

[3] Si tenemos en cuenta la hipótesis que afirma que Summanus es una disociación de Júpiter.

[4] El nombre del dios marino etrusco Nethuns fue adoptado en latín para Neptuno (Neptunus) en la mitología romana, siendo ambos dioses del mar análogos a Poseidón.

[5] Chadwick, J. El mundo micénico. Madrid, 2005, p. 118.

[6] Ibid., pp. 120-121.

[7]
El desempeño de esta función apotropaica no es suficiente, sin embargo, para hacer de Marte un dios agrícola tal y como algunos han pretendido ver.


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